jueves, 16 de enero de 2020








EMMA WATTLES, LA VAMPIRA






Eran las diez y cuarto de un martes por la noche. La mayoría de las personas se hallaban en su casa descansando tras una ardua jornada laboral.

Emma Wattles, la vampira, caminaba tranquilamente por las calles semidesiertas y silenciosas de Londres. A primeros de febrero hacía bastante frío, además de una considerable humedad. En aquel preciso momento un ligero y gélido viento se había levantado, azotando sin piedad a los escasos viandantes que se dirigían corriendo a sus casas.

Emma iba ajena a todo lo que no fueran sus inquietantes y lúgubres pensamientos. En su incierto y errabundo caminar pasó casualmente por delante de un pequeño establecimiento situado en una planta baja, que extrañamente todavía se hallaba con la luz encendida.

La no-muerta levantó un momento la vista y leyó el discreto cartel publicitario que había sobre la puerta, en el que aparecía rotulado con gruesos trazos negros:


MADAME AURORE DUPONT

Vidente, tarotista, magia blanca


Wattles, dudó unos instantes; pero luego, curiosa como siempre había sido, paró en seco su lento y cansino avance y tocó el timbre que se hallaba a la derecha y a media altura, de la puerta de entrada del extraño local.

Apenas un minuto más tarde, abrió la puerta una mujer menuda y de mediana edad. Mediría poco más de un metro y medio, y su figura era más bien obesa. Lucía su cabello muy negro y ligeramente rizado, cortado en una media melena. Su edad rondaría los cincuenta años.

La dueña del exótico negocio miró fijamente a Emma con sus grandes ojos verdes y le preguntó:

-¿Tiene usted cita?

-No señora, yo pasaba casualmente por aquí y...

-Bien, no pasa nada. Acaba de marcharse la última visita que esperaba para hoy. Si desea hacerme una consulta, puede pasar.

-Gracias, es usted muy amable.

-No hay de qué. Es mi vocación y mi trabajo. Espero poder serle de utilidad.

-Seguro que sí -le respondió la vampira con una leve sonrisa.

A continuación, la vidente le franqueó el paso y Emma pasó al interior del establecimiento.

Al fondo de la sala, que era de mediana dimensiones, había una especie de despacho con una amplia mesa sobre la que se encontraba una pequeña lámpara encendida, una transparente y brillante bola de cristal, y varios mazos de cartas de tarot de distinto tipo sobre un tapete rojo.

-Prefiere que le eche las cartas, que le lea las líneas de la mano, o que mire su futuro en la bola de cristal.

-No sé..., bueno, écheme las cartas.

-De acuerdo. Por favor, siéntese.

La menuda mujer barajó con rapidez los naipes de un tarot de Marsella y luego colocó sobre el tapete el grueso mazo de setenta y ocho cartas boca abajo.

-Por favor, señorita, sepárelo en dos montones y elija uno de ellos.

Emma hizo lo que la veterana tarotista le decía y luego la mujer fue colocando once cartas de forma horizontal sobre la mesa. Poco después les dio la vuelta despacio. Se asombró mucho de lo que vio.

La primera carta, que representaba a la consultante, era la carta del diablo. Por lo tanto indicaba que la consultante era la portadora de la muerte, la enfermedad y la miseria. El diablo era con el que se pactaba el éxito material. El que llenaba de egoísmo el corazón humano. El que nos hace esclavo de los instintos.

Posteriormente, en la carta que estaba situada justo en el centro, aparecía la muerte, luego la del loco, y las cartas que quedaban eran las peores entre las de espadas y bastos. Era una tirada nefasta.

La vidente dudó unos instantes. Luego se negó en su interior a interpretarlas ante la joven y bella mujer que la contemplaba con suma atención.

-He barajado mal. Esta tirada no sirve.

La vidente volvió a barajar las cartas una y otra vez hasta que estuvo segura de que ya estaban bien mezcladas. A continuación volvieron a repetir la operación, y la no-muerta dividió el grueso mazo en dos mitades casi idénticas.

Aurore Dupont volvió a colocar once cartas horizontalmente sobre el tapete rojo, y después, lentamente, les fue dando la vuelta. El resultado fue casi el mismo que el anterior. Tan sólo había un par de cartas al final que variaban. Lo demás era todo igual y estaba situado en el mismo orden.

Madame Dupont no sabía cómo interpretar aquel suceso. Nunca, en los más de veinte años que llevaba ejerciendo aquel extraño oficio le había ocurrido algo así. Ni tan siquiera parecido.

Pero las cartas eran testarudas y no podían mentir. Le aseguraban que estaba ante el diablo o un engendro del diablo. Ante una especie de diablesa. Aquella esbelta joven traía consigo, daba igual al lugar que fuera, la muerte. Un escalofrío le recorrió de improviso por todo el cuerpo, haciéndola temblar ligeramente.

-¿Y bien? -le preguntó Emma comenzando a impacientarse.

La asustada tarotista no sabía qué contestarle.

-Humm... no sé. Debo estar perdiendo facultades.

-¿Y eso por qué? -le preguntó intrigada.

-Bueno, no sé cómo explicarlo. En primer lugar aparece el arcano del diablo, y... -Aurore se interrumpió y miró fijamente a la bella joven que estaba frente a ella.

La vampira esbozó entonces una burlona y maligna sonrisa, y después se alzó lentamente de su silla. A continuación, y sin dejar de mirar fijamente a los asustados ojos de la vidente le dijo simplemente.

-Ven.

-La mujer de mediana edad, que se había quedado totalmente atrapada en la hipnótica mirada de su lúgubre visitante, se levantó despacio de su butaca, rodeó la pequeña mesa y se colocó frente a ella, como si fuera un ratón fatalmente fascinado por los ojos de una peligrosa serpiente.

Emma Wattles, sin dejar de mirarla fijamente a los ojos, amplió su siniestra y maléfica sonrisa y se inclinó un poco hacia ella.

Un segundo después, sus largos y afilados colmillos se clavaron en el blanco cuello de su infortunada víctima. La vampira succionó con creciente deleite la sangre caliente que manaba de la profunda herida que le había hecho en la yugular.


(Autor: Francisco R. Delgado. Este texto es un fragmento perteneciente a mi cuarta novela titulada "LA MUERTE ACECHA ENTRE LAS SOMBRAS"). 






sábado, 9 de noviembre de 2019

LA COMETA





LA COMETA


El sábado por la mañana Scotty se presentó en la casa de Jennifer con una cometa de papel de llamativos y alegres colores.

-¡Hola, Jenny! ¡Mira lo que he hecho! -le dijo mostrándole muy orgulloso su cometa multicolor, en la que predominaban el color naranja y el azul celeste.

-¡Oh, una cometa! ¡Es preciosa! ¿La has hecho tú sólo? ¿Cómo la has hecho? -le preguntó muy alterada. Con los ojos brillantes ante la vista de la preciosa cometa.

-Bueno... mi padre me ayudó un poco, -le confesó Scotty -aunque yo hice casi todo el trabajo. Lo primero que hice fue ir hasta el cañaveral que hay cerca de la playa y allí recogí algunas cañas. Luego, compré un bote de pegamento y papel de colores en la papelería... -Jennifer le interrumpió, sonriente.

-Tal vez, más adelante, puedas ayudarme a hacer una, ¿vamos a ver cómo vuela? -le dijo con voz cantarina.

Los dos niños salieron corriendo de la casa de Jennifer y se dirigieron a la casa de los vecinos de al lado.

Jenny pulsó el timbre. Poco después abrió la puerta su vecino, Ben Madigan.

-Buenos días, señor Madigan, ¿está Gertrude?

-No, amiguitos. No está. Lo siento.

-¿Tardará mucho en venir? Hace ya dos días que no la veo.

Después de un corto silencio, Ben le contestó:

-¡Oh, bueno! Gertrude no está. Se marchó a Londres hace unos días. Fue a visitar a su madre al hospital, que está muy enferma. Tardará algún tiempo en volver. Vendrá cuando su madre mejore...

-¡Oh, vaya! Queríamos enseñarle cómo vuela esta cometa que he hecho -le dijo Scotty.

-Sin lugar a dudas, es una cometa preciosa. -Le replicó Ben sonriendo. - Bueno, otra vez será.

Los dos niños se despidieron de Madigan y echaron a correr alegremente en dirección a la casa de Chrissie Tucker, que vivía algunas manzanas más allá. A pesar de que todavía era invierno, no hacía demasiado frío. Un tímido sol había aparecido entre las pequeñas y algodonosas nubes blancas, y un ligero viento se había levantado. Era una mañana de sábado ideal para volar una cometa.

(Autor: Francisco R. Delgado. Fragmento de mi novela titulada "LA MUERTE ACECHA ENTRE LAS SOMBRAS).




domingo, 2 de septiembre de 2018

UN PASEO POR LOS ALREDEDORES






UN PASEO POR LOS ALREDEDORES




   Entre las siete y las nueve de la mañana se solía servir el desayuno en el Motel Paradise. Para los huéspedes que estaban alojados allí este servicio entraba dentro del precio de la habitación; no así los servicios de comida, cena y las consumiciones del minibar, que se facturaban aparte.

   Josh coincidió casualmente en el comedor a la hora del desayuno con Sylvia Logan. Como el comedor estaba desierto a excepción de ambos huéspedes, Joshua Halden al entrar en el comedor se acercó a la mesa que ocupaba la bella joven y le preguntó:

   -¿Puedo sentarme, señorita? Me gusta estar acompañado -le dijo con una sonrisa de oreja a oreja.

   -¡Oh, sí, claro! Puede sentarse. a mi tampoco me gusta estar sola.

   El joven se sentó enfrente y poco después llegó el camarero para tomar nota de lo que deseaban para el desayuno.

   -Buenos días, ¿qué desean para desayunar?

   -Pues yo quiero un croissant, un café con leche y un zumo de naranja -le contestó ella.

   -Desayuno continental..., bien, yo tomaré lo mismo que la señorita -le dijo al sonriente y servicial camarero.

   -Muy bien, señores, enseguida se lo traigo.

   -¿Sabe usted que tiene cierto parecido con la cantante americana Kate Perry?

   -Sí, bueno, me han dicho que le doy un aire -Le contestó la joven con una sonrisa en la que mostró una dentadura perfecta, con dientes muy blancos y bien distribuidos.

   -Usted también me recuerda a alguien conocido, pero ahora mismo no recuerdo a quién.

   -Puedes tutearme, me llamo Josh.

   -Encantada, me llamo Sylvia -le dijo ella al mismo tiempo que extendía su mano derecha por encima de la mesa. Josh se la estrechó al momento con suavidad, pero con firmeza. El joven notó que tenía las manos muy suaves y bien cuidadas.

   -¿Y a qué te dedicas, Josh? Si no es indiscreción por mi parte...

   -Soy escritor -le contestó él de forma muy escueta.

   -¡Ah, qué interesante! ¿Poeta tal vez?

   -No, escribo novelas de misterio.

   -Humm... de misterio.

   -¿No le gustan?

   -No es eso, es que me suelen inquietar bastante, y siempre que he leído alguna después he tenido pesadillas. Yo soy más de novelas de amor, históricas y comedias románticas.

   -Ya, comprendo. Me parece muy bien, ¿y qué te trae por estos lares, Sylvia?

   En ese preciso momento llegó el camarero portando una bandeja con el desayuno de ambos.

   -Que les aproveche -les dijo en tono jovial poco antes de marcharse con la bandeja vacía después de dejarles sobre la mesa lo que habían pedido.

   -¡Gracias! -contestaron al unísono. Luego reanudaron su conversación.

   -Pues tengo que ver una casa sobre las doce y media. Tal vez me quede a vivir por aquí.

   -¡Ah, muy bien! Aunque aún es muy temprano, apenas son las ocho y veinte -dijo Josh mirando su reloj de pulsera, y después añadió: -¿Qué tienes pensando hacer hasta entonces?

   -Pues nada en particular.

   -Si te apetece después de desayunar podemos dar un paseo por los alrededores. Observé aql llegar aquí que detrás del motel se extiende un hermoso bosque.

   -Buena idea, me parece estupendo. Caminar es un ejercicio ligero y muy saludable.

   -Desde luego que sí, y a veces puede ser también muy placentero -le dijo él sonriendo de nuevo.

   Cuando terminaron de tomarse el desayuno, ambos se levantaron de la mesa dispuesto a estirar las piernas y dar un largo y apacible paseo. El tiempo acompañaba, pues un tibio sol apareció entre las blancas nubes y no hacía demasiado frío, aunque aún faltaba más de una semana para que comenzase la primavera. Pronto encontraron el pequeño cementerio. Johs, curioso como era, se internó entre las tumbas acompañado de su nueva amiga, que no cesaba de hablar de los últimos acontecimientos de su vida.

   -Mira, Sylvia, haí hay una mancha de sangre seca -le dijo señalándole una mancha oscura cercana a una tumba.

   -¿Sangre seca? Tienes demasiada imaginación. Debe ser alguna otra cosa.

   -... Y también hay huellas de pisadas recientes y dos pequeños surcos, como si alguien hubiera arrastrado a otra persona cogiéndola por la parte de arriba -le contestó él ignorando deliberadamente los escépticos comentarios que ella le había dirigido anteriormente. 

   -Me estás asustando, menos mal que hace un día soleado que no invita al misterio.

   Josh siguió las huellas que llegaban hasta la entrada del pequeño mausoleo familiar.

   En aquel pequeño cementerio hacía más de cincuenta años que no se enterraba a nadie. Ahora, cuando alguien que vivía por los alrededores fallecía lo enterraban en el cementerio de la cercana población de Alton. Por ese motivo era hasta cierto comprensible que se encontrara bastante sucio y descuidado. Las hojas caducas de los árboles cercanos, arrastradas por el viento, se amontonaban en algunos lugares más que en otros.

  La puerta metálica estaba entreabierta y el joven escritor la abrió sin dudarlo. En el interior de la pequeña edificación funeraria encontró el cuerpo inerte del comercial de vinos y licores.

   -¡Oh, Dios mío, está muerto! -exclamó la bella joven echándose las manos a la cara, como si instintivamente quisiera taparse los ojos para no contemplar al hombre asesinado hacía pocas horas, en la madrugada de ese mismo día. Josh observó con atención la gran mancha de sangre que tenía el cadáver en el lado izquierdo del pecho, pero no pudo encontrar rastro alguno del arma homicida.

   -Debemos de aviar a la policía -respondió lacónicamente.

   Salieron del panteón sin tocar nada para no contaminar la escena del crimen y casi se dieron de bruces con un joven de cabello muy corto, algo rizado y color cobrizo que estaba en la puerta.

   -¡Qué susto me ha dado, por Dios! -esclamó Sylvia muy alterada.

   -Perdonen, no pretendía asustarlos. Había salido de mi habitación para que mediera un poco el aire, casualmente escuché unas voces que provenían de este lugar, y me acerqué.

   -Bien, señor...

   -Fisher, Larry Fisher -le contestó el pelirrojo extendiendo su mano derecha. Johs estrechó su mano con firmeza y al mismo tiempo le dijo:

   -Lo comprendemos. Se ha cometido un crimen. Hay un hombre muerto tendido en el suelo del panteón. Parece que al asesino no se le ocurrió que a alguien se le courriera mirar dentro de esta construcción funeraria.

   -Sí, seguramente, eso debió ser.

   -Bueno, vamos a llamar a la policía... -le dijo el escritor.

   -No es necesario, amigos -le contestó el joven mostrando su placa dentro de su cartera abierta. -Soy agente de Scotland Yard y estoy de incógnito. Creemos que no es el primer crimen que se comete aquí; aunque espero que sea el último. Mañana o pasado mañana, vendrá mi jefe inmediato, el subinspector Joseph Grammer, hasta entonces les ruego que mantengas todo esto en secreto. Yo le voy a llamar para informarle enseguida.

   -Como usted diga, agente -le contestó algo sorprendido, Joshua.



   (Autor: Francisco R. Delgado, fragmento de mi novela titulada "PASOS Y SOMBRAS EN LA NOCHE")







sábado, 23 de diciembre de 2017

LA MUERTE ACECHA ENTRE LAS SOMBRAS





   SINOPSIS:

   Una bella exmodelo aparece asesinada dentro de la piscina de su mansión. A pesar de que en un principio las sospechas recaen sobre su marido, un magnate de la prensa que le es infiel con otra mujer, pronto se comprueba que éstas son infundadas.

   Las recientes amistades de la exmodelo asesinada componen un extraño grupo que busca denodadamente un raro y antiguo libro. Un grimorio que se dice que fue dictado en sueños por el mismísimo Satanás. Éste contiene un poderoso conjuro que podría acabar con el mundo tal y como lo conocemos hoy en día.

   














lunes, 14 de agosto de 2017

LA TUMBA














LA TUMBA

(Relato de terror)




Ginés iba de vez en cuando al cementerio para llevar flores a la tumba de su abuelo, al que había querido mucho en vida, y al que aún recordaba con mucho cariño. Al lado de la tumba de su abuelo, estaba situado un panteón en el que se encontraba enterrada una chica de veintidós años, que había fallecido hacía algún tiempo.

En la tumba de la chica había una fotografía de ella, en la que se podía observar cómo había sido: una chica rubia, guapa, sonriente, y llena de vitalidad. Ginés, cuando pasaba por allí, solía preguntarse de qué habría fallecido tan prematuramente. "Quizás debido a un accidente de tráfico, o tal vez de alguna enfermedad", solía responderse a sí mismo para sus adentros.

Una tarde, al ir a llevar flores a la tumba de su abuelo, Ginés vio a una chica parada ante la tumba de al lado, mirando fijamente la fotografía de la joven difunta. Ginés se sorprendió al ver el gran parecido físico que tenía con la fallecida, por lo que le preguntó:

-¿Es usted pariente de esa chica? -la chica se volvió hacia él, lo miró con ojos tristes, y le contestó:

-Sí, era mi tía Laura, murió hace tres años en un accidente de tráfico.

-Se parece usted mucho a su tía-

-Sí, es verdad, siempre me lo han dicho. Ella era la hermana pequeña de mi madre. Teníamos casi la misma edad. Tan sólo era cinco años mayor que yo.

Después de esta breve conversación, Ginés volvió a la tarde siguiente al cementerio, y se volvió a encontrar a la misma chica, quieta, ante la tumba de la joven de la cara sonriente.

-Hola, buenas tardes.

-Buenas tardes -le contestó ella con una leve sonrisa.

Ginés dejó el ramo de flores en la tumba de su abuelo, y al pasar otra vez por el lugar donde se encontraba la chica le dijo:

-Es extraño, lleva usted el mismo vestido con que que su tía aparece en la fotografía.

En ese preciso instante, sonaron las campanas que avisaban a los visitantes, de que en pocos minutos se cerraban las puertas del cementerio.

Era veintidós de febrero. Hacía exactamente tres años, de que en aquel mismo día, Laura había encontrado la muerte en un trágico accidente de automóvil. Eran casi las seis de la tarde, y pronto anochecería. La chica se volvió lentamente hacia él, y le respondió:

-Bueno, no quería decírtelo, pero en realidad, yo soy ella -le dijo al mismo tiempo que señalaba, con un leve gesto de su mano derecha, el retrato que estaba situado en la parte superior de la tumba.

Ginés, al escuchar aquello se le pusieron los pelos de punta, se quedó como petrificado, y sin poder articular palabra. La bella joven continuó hablando y le dijo:

-Hace tiempo que te vengo observando, cuando vienes a traerle flores a tu abuelo. Siempre haces una pequeña parada, y te quedas mirando por unos instantes mi fotografía. Por eso descubrí que te gustaba mi aspecto, y de que sentías curiosidad hacia mi.

Ginés sentía fuertes deseos de salir corriendo hacia la salida del cementerio, antes de que cerraran las puertas, y escapar para siempre de aquella locura; pero sus piernas no le respondían. Ninguna parte de su cuerpo le respondía. Sentía un miedo, un espanto tan atroz, que se había quedado inmovilizado. Parecía haberse convertido en una estatua de piedra, como las que adornaban algunas de las tumbas.

Laura se acercó lentamente a él, lo abrazó, y luego posó sus labios, helados por el frío de la muerte, sobre los suyos. Ginés tan sólo quería salir corriendo, y gritar como un loco para desahogar su miedo; pero era totalmente incapaz de moverse, ni de emitir sonido alguno. Tan sólo sentía, aparte de un profundo terror, que tenía los ojos abiertos como platos, y que su corazón palpitaba a mil por hora, como un tambor, desbocado e incontrolable, como si éste fuera a salírsele del pecho.

Laura continuó hablándole:

-Aquí a veces me siento muy sola, y tú me caíste bien desde el principio, cuando observé que te fijabas en mi. Por eso quiero que ahora me hagas compañía... por toda la eternidad -mientras hablaba, y como si no pesara nada, desplazó la pesada losa que cubría la tumba con una mano, y con la otra mano cogió del brazo al aterrorizado e inmóvil Ginés, que se encontraba a un paso de la locura más absoluta. Laura se empezó a introducir en su tumba, mientras tiraba de él. Ginés tuvo tiempo de ver un instante, antes de se obligado a introducirse en la tumba, que dentro había un ataúd medio podrido, del sobresalían los huesos de un esqueleto blanquecino, y justo antes de que la lápida cayera encima de él, y se lo tragara para siempre, el cabello se le puso repentinamente blanco por el terror, y consiguió gritar dando un fuerte alarido:

-¡Noooooooooooooo...!


(Autor: Francisco R. Delgado) 











domingo, 30 de julio de 2017

EL CAMINANTE




EL CAMINANTE


   (Relato de terror)


   Andrés Gómez Jurado era un joven de veintiocho años muy aficionado a hacer senderismo. Un fin de semana se fue a practicar su afición favorita a la provincia gallega de Orense.

   Cercano a la apartada pedanía de una pequeña población se extendía una extensa zona boscosa. Andrés salió a caminar por la mañana pensando en andar durante cuatro o cinco horas, y volver luego al hostal en el que se había hospedado a la hora de comer, sobre las dos o las tres de la tarde.

   Distraído como estaba en la contemplación y exploración del espeso bosque, perdió la noción del tiempo y el sentido de la orientación, y hubo un momento en el que se encontró perdido.

   Había dejado una estrecha senda de tierra para internarse en lo más profundo del bosque. No quiso alarmarse por ello, y como había traído algo de comida en la mochila que llevaba colgada a la espalda, se sentó a los pies de un árbol, se comió un bocadillo y bebió agua de su cantimplora.

   Había estado caminado durante casi cinco horas seguidas, por lo que decidió relajarse un poco y descansar durmiendo una pequeña siesta. Eran casi las cuatro y media de la tarde cuando se despertó. Volvió sobre sus pasos intentando encontrar el pequeño sendero de tierra por el que había penetrado en el bosque; pero fue inútil. No lo encontró.

   Era invierno, y pronto cayó la noche. Apenas eran las seis de la tarde, cuando todo a su alrededor se hizo oscuro. Andrés sacó su linterna y siguió caminando sin descanso, cada vez más asustado y desesperado. No quería pasar la noche en el bosque. Aparte del frío propio del invierno, había escuchado que por aquella zona se habían visto lobos.

   La luna llena se dejaba ver a veces entre las copas de los árboles, y su fantasmagórica luz iluminaba tenuemente los pasos inciertos de Andrés. No tardó mucho tiempo el joven en darse cuenta que estaba cada vez más y más perdido.

   Andrés sacó su teléfono móvil para pedir ayuda al 112; pero para su creciente desesperación, comprobó que en aquella zona no había cobertura. No podía llamar a nadie. Para colmo de sus males, la luz de su linterna empezaba a fallar, y cada vez se hacía más débil.

   Sin saber cómo, llegó hasta un claro del bosque y en medio de él, divisó una pequeña y vieja cabaña. Su alegría no tuvo límites, y pensó que ya estaba salvado. 

   Llegó hasta la cabaña y golpeó dos veces con el puño en la puerta. Nadie contestó. Volvió a golpear la puerta con el mismo resultado. Resultaba evidente que no había nadie.

   Salió al camino y cogió una piedra de mediano tamaño. Seguidamente golpeó con ella el cristal de la única ventana que había, y lo hizo pedazos. Quitó los cristales rotos del marco de la ventana, y se introdujo por ella en la cabaña.

   La cabaña probablemente pertenecía a algún pastor, o tal vez a un cazador. Por todo mobiliario tenía una cama, un armario, una alacena, y una mesa redonda rodeada por cuatro sillas. También había una chimenea bajo la que había algunos troncos y ramas secas.

   Andrés encendió su mechero y le prendió fuego a unas pequeñas ramitas, que ardieron bien. Pronto añadió algunos troncos más gruesos.

   El fuego de la chimenea iluminó el interior de la cabaña, y calentó la estancia. Algo más tranquilo y animado, el joven se acercó a la alacena. Allí encontró algunas latas de conserva de atún, aceitunas, fabada, albóndigas, etc.; aunque no había muchas. Tan sólo siete u ocho. Bueno, era más que suficiente. Abriría dos o tres de ellas, y cenaría. No tenía pan, pero no le importó.

   Después de la sobria cena, decidió acostarse en la cama y dormir hasta que amaneciera para ponerse de nuevo en marcha, e intentar encontrar de nuevo el camino de vuelta al pueblo.

   Estaba muy cansado, las piernas le dolían. Andrés pronto cayó en un sueño inquieto, plagado de terribles pesadillas. Serían las tres o las cuatro de la madrugada cuando algo lo despertó.

   A través de la ventana vio unas antorchas que iluminaban la noche, y unos cánticos que le parecieron religiosos. Entre aterrado y esperanzado se levantó de la cama, y salió de la cabaña. Lo que vio le puso los pelos de punta.

   Se trataba de la Santa Compaña. Una procesión de hombres vestidos con hábitos de monje, que iluminaban la noche portando antorchas y cantabas una triste y lúgubre salmodia.

   En el centro de la terrorífica comitiva había un hombre cuya figura le resultó conocida. No, no podía ser. Aquel hombre era su viva imagen. Era él mismo. No, no podía ser. Se estaba volviendo loco.

   Andrés salió corriendo en dirección contraria a donde iba la fúnebre y funesta Santa Compaña, intentando borrar de su mente lo que acababa de ver; y que de ningún modo podía aceptar.

   Después de correr como un loco durante casi un kilómetro, se halló de nuevo perdido en el bosque.

   Se paró un momento intentado recuperar el aliento. Las lágrimas de miedo y estupor asomaron a sus ojos. Lo que había visto era un aviso. Su muerte estaba próxima. Miró a su alrededor intentando orientarse, y lo que vio lo dejó helado; cuatro pares de ojos brillantes le miraban a cierta distancia, entre la negrura de la noche.

   Lobos. Eran lobos. El miedo atenazó nuevamente el sufrido corazón de Andrés, y volvió a correr como un loco hacia adelante, sin saber hacia donde iba, intentado alejarse lo máximo posible de aquellos terribles ojos brillantes que lo contemplaban en medio del bosque.

   El joven volvió a correr. Corrió, y corrió, casi sin ver por donde iba. Apenas iluminado por la luz espectral de la luna llena.

   Sin saber cómo, cayó por un precipicio, por un profundo barranco, y se destrozó la cabeza al golpearse con una de las rocas del fondo.

   Una semana después, unos cazadores que merodeaban por la zona lo encontraron muerto, y medio devorado por las larvas de las moscas, que se estaban dando un festín con su cuerpo destrozado.

   La aterradora visión premonitoria de la Santa Compaña se había cumplido.


   (Autor: Francisco R. Delgado)

   










domingo, 16 de julio de 2017

LA ERA DE LOS ROBOTS




LA ERA DE LOS ROBOTS


(Relato de ciencia-ficción)



   Corría el años 2127. Los humanos y los robots eran indistinguibles los unos de los otros. Hacía ya muchos años que se había aprobado una ley que permitía a un humano casarse con un robot. La mayoría de los humanos lo prefería, porque eran emocionalmente más estables, y más atento y cariñosos.

   Dennis Benet, el rudo teniente de la policía de San Francisco, odiaba a los robots con toda su alma. Bennet estaba convencido de que un día no muy lejano, las modernas máquinas provistas de inteligencia artificial, conseguirían que los humanos se extinguieran.

   Dennis tenía por delante dos semanas de vacaciones, y decidió viajar hasta las Montañas Rocosas para practicar el parapente, su deporte favorito.

   Planeando suavemente por el cielo sobre los va,lles y montañas, Bennet se sentía tranquilo y feliz. Todo parecía ir bien, hasta que un fuerte y repentino viento le hizo perder el equilibrio en el aire. El parapente cabececó y se balanceó violentamente, y Dennis improvisó un aterrizaje forzoso para poner a salvo su vida. Al caer al suelo, se rompió una pierna.

   En el hospital, la doctora, después de hacerle una radiografía de urgencia, le comunicó:

   -Señor Benet, no hay ningún problema. Se ha partido una de sus varillas de metal. La sustituiremos de inmediato.

   -¿Varilla de metal? ¿de qué diablos me está hablando? -le preguntó, sorprendido y enfadado al mismo tiempo.

   -Es usted un robot VX-320, uno de los más avanzados. Yo mismo tampoco soy humana. Soy un TS-540, un modelo de hace unas décadas.

   -¿Que yo soy un robot? ¿Qué me está diciendo? -le preguntó incrédulo.

   -Sí, claro, ¿no lo sabía? ¿Nunca le habían hecho una radiografía? -le dijo la doctora sonriendo, y sin alterarse lo más mínimo.

   -No, nunca antes. Es la primera vez que me rompo algo.

   -Pues así es. He examinado su pierna rota a conciencia, y sus miembros y articulaciones no están hechos de hueso; sino de una aleación de metal muy resistente, además de ligera y flexible, pero no irrompible. Sin duda es usted un robot recubierto de piel sintética, un ciborg.

   Poco después, Denis Benet abandonaba el hospital, perfectamente reparado.

   Su ánimo se había ensombrecido rápidamente. Era paradójico que toda su vida se la había pasado odiando a los robots, sintiendo una profunda repugnancia hacia ellos, y que al final resultara que él mismo también era un robot... ¡maldita sea! -se dijo para sus adentros.

   Fue hasta un bar y pidió un whisky mientras rumiaba sus tristes pensamientos.

   -¿Tienen alma los robots? -se preguntó a sí mismo, al tiempo que acariciaba su descuidada barba de tres días.

   Después de tomarse su whisky, decidió vistar una iglesia y hablar con un sacerdote. Halló a un clérigo releyendo la Biblia, sentado en uno de los bancos de atrás.

   -Buenos días, Padre -lo saludó Dennis.

   -Buenos días, hijo, ¿vienes a confesarte?

   -Padre, ¿usted es un robot?

   -No, claro que no. Soy de los pocos humanos que todavía quedan. Nuestro número ha bajado mucho en los últimos ciento veinte años.

   -Reverendo, quería preguntarle una cosa, ¿tienen alma los robots?

   -Humm... extraña pregunta; aunque no es la primera vez que me la hacen, ¿puedes decirme tu número de ficha identificativa? -le preguntó mientras le hacía una señal, y se dirigía a la sacristía, seguido por Benet.

   Ambos se acercaron a una mesa de escritorio, sobre la que había un ordenador.

   -Sí, es 89.746.342.687VRZ.

   El sacerdote tecleó el número, y luego le dijo:

   -Bien, hijo mío. Te voy a dar una dirección. Tal vez allí encuentres la respuesta que buscas.

   Poco después, la impresora, que estaba integrada al monito con la pantalla, zumbó suavemente un momento, y luego grabó un nombre y una dirección en una tarjeta de plástico azulado.

   a continuación, Dennis le dio las gracias al párroco de la iglesia, después de haberle sido entregada la tarjeta, y salió del edificio. Miró la dirección grabada, y recordó que esa calle no quedaba muy lejos de allí.

   En la puerta del alto edificio ponía en letras grandes: "ALCOR, LABORATORIO DE CRIOGENIZACIÓN".

   Benet entró en las amplias oficinas. Detrás del alto mostrador de recepción, observó a un hlmbrecillo viejo y delgado, que contemplaba atentamente la pantalla de un moderno ordenador holográfico.

   -Buenos días, señor -lo saludó Dennis, respetuosamente.

   -Buenos días. Dígame, ¿qué es lo que desea? -le preguntó el recepcionista.

   -Bueno, vengo de parte del reverendo Williams. Él me entregó esta tarjeta -le contestó, enseñándosela.

  -Bien, comprendo. ¿Es usted un VX-320? -le preguntó con una sonrisa.

   -Sí, eso me han dicho -le respondió Dennis, resignado.

   -De acuerdo. Dígame su número de serie...

   el teniente de policía se lo dijo, y el anciano tecleó rápidamente el número en su ordenador.

   Uno segundos más tarde, le informó:

   -Sí está usted en nuestra base de datos. Estoy viendo su ficha.

   -Y bien, ¿qué puede decirme? -le preguntó Dennis con impaciencia.

   -Veamos... usted falleció en el año 2019 de un cáncer. Se le sometió a un tratamiento de criogenización, según las órdenes expresadas por usted en su testamento.

   -¿Cómo? ¿Qué quiere decir? ¿Y cómo es que no recuerdo nada de eso?

   -¡Oh, bueno! Eso es normal. Se le borraron sus antiguos recuerdos, y se le introdujo otra identidad y otros recuerdos nuevos, para que su vida anterior no interfiriera y condicionase la nueva. Hubiera podido ser contraproducente, -le respondió con gesto serio -se llamaba usted Mark Barnes. No estoy autorizado para informarle de nada más. Lo siento.

   -Muy bien, gracias. Es suficiente. No necesito averiguar nada más, ¡quiere usted decir que no soy un robot? -le preguntó alegremente.

   -No, bueno, su cabeza, su cerebro, es humano. Su cuerpo sí es robótico. Ahora es usted medio humano, medio máquina. Es un ciborg. Actualmente hay millones de personas como usted.

   -Osea, que poseo un alma inmortal...

   -Ehh, sí, claro. Si es que eso existe, porque todavía no se ha demostrado.

   Dennis se despidió del sabio individuo, y salió a la calle muy alegre y reconfortado, silbando una antigua y dulce melodía.



   (Autor: Francisco R. Delgado. Este relato está incluido en mi libro titulado "TIERRAS DE BRUMA Y HOJARASCA". Se puede comprar en Amazon).